«La primera noche fue un nudo en el estómago. Su cuerpecito de doce años aprisionado por el corsé, la mía, por la culpa. Dormimos poco. Al amanecer, la encontramos serena, dormida en una postura imposible. Aceptó aquel artefacto sin una queja, sin una lágrima, como si supiera que debía pelear desde dentro. Pero a los catroce, la adolescencia tensó la armadrua: el cuerpo pidió libertad y el alma, respuestas. Entonces comprendí que su batalla apenas empezaba… y que la mía era aprender a acompañarla sin soltar»